Vieja Cáscara de Nuez

. Todavía recuerda el estallido de la botella. La algarabía de la concurrencia. El esplendor de su nombre pronunciado en voz alta por primera vez bajo el sol del amanecer.
. Las aguas cristalinas. La espuma de las olas. El primer atardecer de fuego sobre el mar infinito.
. Y mil atardeceres más. Otros mares. Aguas turbias. Calmas o inquietas. Bajas o profundas. Incluso insondables.
. Costas de arena que se abren como un abrazo amoroso. Acantilados agrestes, como quillas implacables de buques gigantes. Golfos ocultos, en selvas misteriosas donde bulle la vida.
. Puertos populosos, coloridos y ruidosos, con naves de todo el mundo.

. Muelles abandonados, a medias podridos, con algún casco hundido sobresaliendo herrumbroso cerca de la orilla. Fantasma ominoso. El miedo de morir ahogado, atrapado bajo el agua.
. Pequeños muelles de madera, pero bien mantenidos, donde el puñado de habitantes de una aldea de pescadores te reciben con ansias de escuchar tus historias.
. Recuerda canales intrincados, en ciudades semisumergidas. Ríos anchos pero apacibles que cruzan todo un continente. Otros estrechos pero impetuosos, que bajan de la montaña y saltan peligrosos en cascadas.
. Lagos verdes en medio de los bosques. Espejos del cielo. Lagunas parduzcas en medio de la llanura, no exentas, sin embargo, de vida. Lagunas elevadas de aguas blancas, hermanadas con algún glaciar.
. Los rostros son demasiados, ya no intenta contarlos. Las voces y las risas, la música y la canción. Los múltiples relatos, inusitadas aventuras.
. Pero, por sobre todo ello, lo que siempre le enciende el alma de nave, es el vaivén del oleaje. El no saber lo que aguarda, más allá del próximo horizonte. Y no obstante dirigir el rumbo firme hacia allá.
. La emoción de no dar nada por sentado, qué habrá en la próxima costa, ¡Jamás dejarse atar!
. Descubrir siempre los tonos iridiscentes, nuevas formas, obras de arte, en cada atardecer.
. El desafío de superar las tormentas. Explorar los espacios en blanco de los mapas, compartir andanzas y enseñanzas con cientos y miles de miembros de cada tripulación.
. El vaivén de las olas. No saber, pero estar seguro. Amar el viaje, no el destino final. Nunca detenerse demasiado en ningún lugar. El sabor de la aventura.
. Suspira.
. Están viejas las maderas.

“Fatiga de material”, dictaminó el carpintero. “Tiene los años contados”

. Y ahora está estancado en el viejo canal. “Ya no puede ir al mar”, dijeron también. Sólo cruza un puñado de personas, de una orilla a la otra. Es estrecho el canal. Las aguas, opacas, y huelen mal. Los rostros embotados, aburridos, aletargados.
. Y todos los días es igual.
. Playas y selvas, sólo un recuerdo.
. Se pregunta: Debería zarpar?
. Enfilar hacia el horizonte como hizo siempre? Con esas maderas crujientes? Hundirse sin más?
. Encarar el último gran viaje…
. O quedarse aquí. Aprender a disfrutar la mansedumbre de estas cálidas aguas.

“Aquí durará más”, concluyeron. Allí están las manos que lo cuidan con cariño…

. Es lo que todos hacen.
. Envejecer con calidad.
. Ese espíritu libre y salvaje…
. Someterse?

. Y siempre las mismas amarras.


. Pero al menos tiene, al final de cada día, un lugar al cual regresar.




(este material, del 2016, forma parte de uno de mis próximos libros )


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