Cruda, en el desierto.

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Silencio.
Nada.
Bah, horizonte vacío...
Liso, llano. Tierra yerma, reseca. Vacío.
El desierto.
.
Conozco este lugar.
Siempre anduve aquí.
O casi.


Quizà de pequeño no, no todavía. Aquél imborrable palacio de cristal de la inocencia...
Pero ya en los primeros años de la adolescencia...
El banquito solitario en el colegio. Un año, y el otro, y el otro.
Dedos que te señalan.
Voces que murmuran al pasar.
Bromas lascivas, despectivas, terribles. La soledad es implacable. El abismo que me separa. De todos.
Un par de compañeros matones que te siguen en la calle de todos los días, a la hora de volver...
Y en casa un día te reciben con gritos? Nunca entendés porqué, si jamás le has hecho nada malo a nadie.

El desierto.
El Valle del Terror.
Otra que Gorgoroth.

Pero sin siquiera un compañero.

Un paso, y luego otro, y otro más...
Como si rocas resquebrajadas, aristas filosas, sangre en las manos...
Y aprendés a caminar.
En solitario.

Esos años suelen ser quizá los años en que se forja un ser humano.
Entre el yunque y el martillo. PUM, PUM, PUM.
Jodido.
Una marca que nunca, nunca te va a abandonar.

No podés entenderlo, no con meras palabras, por más que el autor sea capaz de transportarte a su fantasía, o transmitir su recuerdo. Por más que el poeta o el músico hallen la fórmula exacta, melodía que llega al corazón, que puedas de veras sentir el dolor... No hay pincel ni lienzo, forma de realmente lograr que ENTIENDAS que la marca es para siempre. Pueden lograr que te hagas una idea, sí. Podés llegarlo a imaginar...

Te forjan una vez, y es para el resto de tu vida.

El largo camino solitario.

Quizás buscaste y hasta lograste encontrar, algunas islas en ese mar implacable, cálidos refugios... Dulces oasis... Que se evaporan al final. Y estás solo en el desierto.
Como siempre.

Después de la forja, siguen todos los demás largos años. Y te acostumbrás. Cuando ya viviste la mayor parte de tu vida, no hay realmente vuelta atrás. Sencillamente no se puede, no podés cambiar, es como tratar de mover una montaña, y arrojarla al precipicio, pero aún si lo logras, cuando lo hagas... Te encontrarás cayendo también, porque vos sos la montaña.

Cuando te acostumbrás a la soledad, la libertad del desierto, desde pequeño, y luego por muchos, muchos años... Sí, claro que te duele a veces, y soñás con una compañera. Alguien con quien compartir el camino. No estar más solo. Aplacar ese dolor más hondo que el alma.
Ella puede llegar a ser tierna, dulce, cálida... Quizás incluso, todo lo que necesitabas!
Pero en algún punto, no lo vas a poder evitar: De a poco, vas a empezar a sentir...
La jaula.

Es terrible, por más que soñabas con ello, y aún otras veces lo intentaste...
El pobre, apaleado animal acostumbrado a rondar por sombríos callejones... Si lo llevan a una mansión, se sentirá fuera de lugar.
Como un mendigo que se contenta con migajas, llevado de pronto a vivir en un hogar apacible y cariñoso... Agobiado por la dicha. Casi te hace toser.
Algo no encaja.
Te sentís como un ladrón.
O como un títere al que le mueven los hilos, para interpretar un papel que siempre será cálido. Nunca más crudo, austero, triste u opaco como el callejón.

Así la jaula.

Y te vas a apagar.
Como un pajarito encerrado.
Vos que no parabas de volar.

Y claro, es fácil volar en el desierto! Es fácil hacer lo que se te cante en solitario.

Pero además, hay algo peor. Porque aprendiste a hacer tu magia. En solitario.
Te hizo feliz encontrarla a ella. Olvidaste la soledad. Pero ya no hacías tu magia. Prácticamente estancado. Interpretando tu papel, no, ni siquiera es el tuyo, porque tiene que ser uno siempre cálido, feliz. Amigable, sonriente.
Pero, y el callejón? Vos no te olvidaste. Y los dedos que te señalan? Y las burlas, los bravucones, y todo lo demás? Y tu capacidad de caminar y caminar, dejándolo todo atrás...?
Y tu magia?
Como si ya no fueras vos mismo.

Ella no tiene la culpa.
Ella no es la jaula.
La jaula la inventás vos. Está en tu mente.
Pero no lo podés evitar.
Para vos es tan real, como las paredes de esta habitación, como las teclas de este teclado que son presionadas velozmente por las yemas de mis dedos, como la congoja como garra que te estruja el corazón, como ese dolor hondo en el alma que no se ha ido nunca, nunca más.

El desierto.

La jaula.

Es la jaula o el desierto?

Creíste que podías tener la ternura, la calidez, la dulzura de la jaula... Ya no estar más solo. Y cada tanto, salir al desierto una vez más. A volar.

Pero no es cierto.
No se puede.

No se puede, no.

Sencillamente no se puede.

Acaso un desierto delimitado, sea tan sólo una jaula más grande.

Y la jaula te empieza agobiar.
Pero no te querés rendir, querés seguir intentando... No volver a la soledad!
Seguís adelante, pero a duras penas encontrás las ganas.
Seguís adelante, pero te falta el aire, se te caen las plumas de las alas.

Es terrible.

Y de pronto, un día, estás en el desierto una vez más.
No sabés ni lo que hiciste.
Explotaste.
Contra ella, que era tu compañera.

Y ahora estás solo una vez más.

Como siempre.

El desierto.


Pero no, a pesar de todo, tratás de seguir, aunque te sentís un miserable: ella dice que te perdona, dice que se van a ver dentro de poco, y pueden intentar recuperar...
Pero ella está lejos, y poco después dice que mejor se van a ver dentro de mucho, y que no sabe si podrán recuperar...
Cada día se arrastra lenta y dolorosamente por tu piel, por tu mente. Se arrastra por todo tu ser, rasguñándote con sus garras ásperas. Las semanas se suceden, y vos también te arrastrás. Ella parece estar cada vez más lejos. Cada vez más.



No hay consuelo en este mundo.




En el desierto, hay un horizonte infinito.
Es triste, sí, vacío.
Pero aquí he estado siempre.
El cielo es tan amplio que no lográs abarcarlo con la mirada. Podés ir en cualquier dirección. En tus hombros y articulaciones, te escuecen unas heridas frescas... Era donde te ataban los hilos.
Ya no sos marioneta, viejo perro apaleado. Puedes husmear, tristefeliz, tu callejón.
Busca tus migajas, mendigo!
No hay que dar explicaciones, ni pedir permiso.
En el desierto, nunca estallás.
La jaula sólo perdura como un recuerdo, pesado sí, una gran pena. Pero ya no está.


No queda más que empezar a caminar.


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