bostezo laboral

Se arrastró penosamente, dando vueltas por el metro cuadrado del timón, digo la caja del restaurante, como se arrastraban algunos pensamientos somnolientos por los rincones vastos y sombríos de su mente. Mientras Guido, quizàs aburrido, leía las palabras que tomaban rápida forma en el monitor. Alrededor del legendario camarero orbitaban elípticamente diminutas tortasfrita, y porqué no un vasito de tinto también. En cuanto a los pensamientos, lo cierto es que no todos se arrastraban, la mayoría sólo se envolvían bostezantes en gruesas mantas de ideas para dejarse dormir hasta el mes que viene. Mantener los ojos abiertos era más difícil que para un titán sostener la compuerta para que alcancen a pasar por debajo los últimos compañeros de aventuras. Tarea más ardua que la estiba en el puerto, descarga de mercaderías en el restaurante, declararse a la amada con un poema vergonzoso, ir a trabajar a la misma rutina todos los días de tu vida. Pero la música de la radio y una canción transportan a desiertos lejanos, mares turquesa e islas paradisíacas. Es sólo un momento, de vuelta es un día frío en la mañana de una otoñal Ciudaventura de calles transitadas con austeridad invernal, vísperas de la locura exacerbada y el frenesí de hormiguero atestado de semana santa, víspera a su vez de un par de meses de sosiego que ni los cardos por las calles.


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