Al acecho (Ciudaventura by night)

. Por la vereda de la noche los tacones resonaban casi desafiantes. Enfrentaban airados, con ritmo implacable, el vacío de las calles. El suave murmullo de las hojas secas esparcidas en tristes rincones. La melancolía del otoño. Los ronquidos indiferentes de un linyera envuelto en una manta andrajosa, diarios, cartones y varios litros de tinto.

. Todo eso enfrentaban esos tacos impetuosos. Pero no venían solos, ese par de piernas esculturales, aún debajo de las pantimedias, tan sugerentes o, mejor dicho, especialmente sensuales bajo esas pantimedias color piel... La larga cabellera rubia, perfectamente lacia que ni en una propaganda de shampoo... Todo ese conjunto de mujer joven, espectacularmente hermosa y no hace tanto adolescente... Tan contraste con ese sucio callejón.
. Ella siguió caminando como si nada, cortando el aire frío con su andar, casi como si le clavara cada taconazo letal al frío, al hedor del linyera, a la mugre y a la soledad misma...
. Ni siquiera cambió de ritmo cuando apareció el pibe de la gorra. En realidad no era tan pibe, aunque lo parecía por la estatura, por el buzo tan común o los pantalones anchos, rotos en las rodillas. Pero la piel de la cara estaba curtida y en la barba de tres días pintaban algunos blancos. Esa piel hablaba de fríos e interperies. Esa silueta esmirriada hablaba de hambres. Ese andar cansino hablaba de debajo de puentes. Y la voz que dijo "Eeh a dónde vas tan apurada?" tenía el inconfundible tono de no tengo nada, pero absolutamente nada que perder.
. Ella siguió caminando al mismo ritmo. Ni aminorar ni detenerse, como le había dicho una vez un amigo. O lo había leído en un cuento? Pero tampoco apurar el paso, no demostrar miedo. Como animales. Somos animales.
. Quizás respiraba más nerviosa. Quizás tragó saliva. Pero no se permitió trastabillar.
. Tampoco varió el rumbo, ni siquiera cuando fue evidente que el sujeto peligroso se había detenido justo en medio, para interceptarla.
-- Dame un cigarro.--ordenó la voz rasposa.
. Ella siguió avanzando. Rebuscó en la carterita dorada que llevaba al costado.
. El peligro estiró un brazo hacia ella. La sujetó con firmeza. Ella tuvo que detenerse.
-- A dónde vas, tan apurada?
. La mano tan suave, de uñas largas y esmaltadas, le tendió un cigarillo. El tipejo rió divertido: La mano temblaba. Cerró su garra sucia sobre ella, con fuerza, cruel. El gato juega con el ratón.
. Con la otra mano se llevó el cigarrillo a la boca y se inclinó un poco hacia ella, que con la mano libre rebuscaba de nuevo en su cartera. Contempló sin disimulo y bien a gusto la prometedora hendidura entre esos pechos prominentes. Solo otra risita, entre dientes y el cigarrillo.
. Entonces la rociada de gas le dio de lleno en la jeta infame. Ella apretó de nuevo, con toda la rabia del mundo.
. Ahora sí, retrocedió unos pasos, y todavía con el brazo extendido y el rociador bien apuntado, rodeó al desgraciado que se flexionaba, tosía, vomitaba...
. Ahora sí los pasos fueron apresurados. Las piernas nerviosas caminaron espantadas hasta la esquina, por fin la esquina, salvadora esquina...
. Minutos después llegó a las puertas de la disco, y pidió una entrada con un suspiro de alivio que un guardia corpulento interpretó como de protagonista de telenovela que se da aires.
. Ella no hizo caso, ni del guardia ni de nadie, y, ya con el ritmo recobrado, aunque la música ahogaba el taconear, enfiló derecho hacia la barra, para pedirse un campari.


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