La Bienvenida

. Descendió del bus de larga distancia con expresión abatida, y recuperó su equipaje. Se colocó la más grande de la mochila, la que allá había usado para portear en la montaña, en la espalda. Pero se colgó también la otra, que no era pequeña, de uno de los hombros. Además se pasó la cinta del bolso, lleno de ropa. Cargó en sus manos la caja con el teclado de música, y algunos libros que no habían entrado en otra parte, y, como un caracol, anduvo hasta la parada de taxis. Como esperaba, nadie le había podido ir a buscar. Ion Bondavid estaba de vuelta en la ciudad.
. El chofer le ayudó a cargar el abundante equipaje, y una vez en el asiento, le preguntó cuánto estimaba que saldría el viaje hasta su barrio. Mientras el chofer tiraba una estimación, él rebuscaba en todos sus bolsillos, el pantalón, la camisa, y parecía que le alcanzaba. Qué irónico pensó, tener un sueldo entero en el banco, pero no poder retirar ni un peso. Pero era sólo la tarjeta, que estaba gastada.
. El auto lo dejó en la puerta de su casa. Eran las siete de la mañana. Aunque sintió cierto alivio al ver su hogar, las plantas, la vieja tranquera, la casa, en realidad se sentía como si unas miradas acusadoras estuviesen a punto de descubrirle. Es que la casa, era la casa de su madre, no la suya. Pero Ion Bondavid era el tipo de persona que jamás "crece" ante los ojos de la sociedad, "síndrome de Peter Pan", decían las psicólogas solteronas que bien por dentro detestaban que una persona pudiera ser tan libre de por vida, o que a medida que el nuevo siglo se desarrollaba, tantos hombres se negaran a cobijarlas bajo sus alas. De por vida.

. En resúmen, Ion había vivido la mayor parte de su vida en casa de su madre. Y a esa sociedad juzgona, y también prejuzgona, parecía no importarle en absoluto que Ion se hubiese desenvuelto en varios trabajos exigentes o pesados, a menudo agotadores, física y mentalmente, y bastante esclavos, y siempre lo había hecho en una forma formidable, los compañeros de "cada barca en la que me tocó navegar", como decía a veces con gusto Ion, siempre lo querían, sus jefes siempre lo llamaban de vuelta...
. Hace tiempo que Ion se había conocido a sí mismo lo suficiente como para saber que no podía desempeñar más de un año -y preferentemente no durante un año entero- el mismo laburo. Así es como trabajaba de temporadas, y renunciaba siempre en buenos términos, y siempre tenía donde caerse muerto, al regreso de sus viajes y aventuras. Tenía siempre un lugar, en la alta montaña, durante los blancos inviernos. También había hecho unas pocas pero intensas temporadas bien vistas por su jefe en el Kiosko de la Noche. Su más reciente jefe, allá en el lejano sur de donde venía regresando cabizbajo, también le había dicho que las puertas podían estar abiertas, cuando quisiera regresar. Y, según decían, desde su juventud y durante muchos, muchos años, Ion había sido siempre uno de los rostros conocidos del restaurante más céntrico de la ciudad. Pero ahora estaba terminando la primavera, y en la montaña Ion se había pasado ese invierno, antes de partir de regreso al sur. De vuelta al exilio. Y al kiosko en realidad no tenía ganas de volver, no ahora: No quería volver a ser esa pequeña ardilla atrapada en la rueda, corriendo siempre como loca en busca de su magra ración de bellotas de fin de mes. En cuanto al exilio, él mismo había decidido terminarlo. La temporada anterior había estado más de siete meses allá... Pero esta vez, apenas poco más de un mes...
. Claro que hacía unos tres años, él lo sabía bien, que no lo llamaban del restaurante. Ahí prácticamente se había criado, había sido su primer trabajo serio. Antes, un año en la agencia de autos, fletes, jardines, y algunas changas más... Había sido ahí donde por dos veces lo habían puesto efectivo, y donde al cabo de un largo, interminable, rutinario y solitario año y medio, había entendido que para él era mejor trabajar de temporadas. Tener un poco de tiempo para "vivir", por así decir... Pero hacía tres años que ya no lo llamaban.
. Terminó de acomodar bolsos, mochilas y demás junto a la puerta que, como esperaba, estaba cerrada. Se fijó en el escondite secreto, que toda la familia conocía. No, no le habían dejado la llave. Pero estaba acostumbrado.
. Hacía mucho que había aprendido a desmontar, con paciencia y mucho cuidado, cualquiera de las ventanas de la casa.
. En ocasiones en que la anécdota surgía, de buen humor recordaba aquella vez... Con 17 años, volvía tarde de una fiesta del colegio, organizada para recaudar fondos para el viaje de egresados. El curso de Ion era muy poco fiestero, eran casi todos "santos". El propio Ion era abstemio por decisión propia -y lo había sido hasta los 25-. Pero por una vez, habían organizado una fiesta en el gimnasio. Volver tarde por el barrio, en aquellos tiempos en que la ciudad era todavía pueblo, no era lo mismo que ahora. No había teléfono. Las calles no tenían nombre. O bueno, tal vez lo tuviesen ya, pero no tenían carteles que lo indicaran. Y tampoco había alumbrado. Ion había subido las cinco cuadras que lo separaban de su casa en medio de la oscuridad. Al llegar, como le sucedería luego tantas veces -en otra ocasión pasaría un par de horas bien cagado de frío dentro de uno de los autos-, descubriría que habían olvidado dejarle la llave en el mentado escondrijo. A continuación, había ido dando la vuelta a la casa, revisando cada puerta, por las dudas. Se había trepado al balcón, no tan elevado, debajo del cual estaba la habitación de su hermano y...

. Ben despertó inquieto. Había sentido los ruidos. Los oía ahora. Alguien estaba en el balcón. De pronto, en la oscuridad de la noche, una figura oscura saltó de nuevo al piso, justo al otro lado de las amplias ventanas. Aterrorizado, Ben se levantó en silencio y corrió hacia la habitación de su padre.

. Ion fue ahora hacia la última puerta, trepó la pequeña escalera y tanteó la manija, desconsolado. En ese momento, dentro se encendió la luz, y con paso pesado apareció subiendo las escaleras el gran porte de su padre, la escopeta en una mano y el revólver en la otra.
. "Soy yo! Soy yo!", había gritado Ion desesperado.

. A lo largo de los años siempre leería con pena esas noticias en los diarios, que salen cada tanto, donde alguien siempre mata a un joven familiar por confundirlo con un ladrón.
. Por fortuna, éste no había sido el caso.

. Veinte años después, Ion Bondavid, en una temprana pero luminosa mañana, desmontó pacientemente pero a esta altura ya con movimientos expertos, un cristal de su pequeña ventana. Entró con un salto de ardilla a su pequeña habitación. En pocos minutos había abierto la puerta y entrado todas sus cosas. Su familia dormía.
. "yo que vos lo pienso dos veces, ¿volver? estás en pedo, acá no hay laburo", había sido el mail que le había enviado su hermana. Cuando él ya había renunciado. Cosa curiosa, ella hacía apenas un par de años que había regresado de Europa. Y, cuando Ion lo pensaba, caía en cuenta que, desde fines del 95 hasta el verano 2010 inclusive, siempre, SIEMPRE, había pasado los veranos trabajando en esta ciudad. Sólo había pasado un verano lejos, en el exilio (junto con la primavera y el otoño). Tan difícil podía ser, un laburante como él, dispuesto a hacer cualquier tarea, y además con un currículum como el suyo, que a esta altura había crecido bastante?
. No. Entre líneas Ion leía no te queremos acá. Lo querían lejos.
. Cosa loca, ese año, Ion había trabajado desde diciembre hasta marzo. Luego, le habían dado un contrato por el mes de abril, contentos con su desempeño. En mayo por fin había regresado a su querida ciudad, con algunos ahorros, y se había dedicado a corregir una selección de delirantes relatos que, a lo largo de todos aquellos años, en los tiempos en que podía "vivir", como decía él, se había empeñado en escribir. En los tiempos en que no estaba "esclavizado", trabajando siempre los fines de semana y los feriados, hasta las fiestas de fin de años, muchas veces doce horas, la ardilla corriendo siempre en la rueda...
. En julio, el proyecto de libro ya corregido, y entregado a un editor, ya había arrancado a trabajar de vuelta, en la alta montaña. A principios de septiembre, inesperadamente aún hasta para él mismo, había logrado aprobar el ingreso a un curso intensivo de rescatismo en las pistas de esquí. Tras renunciar, siempre en buenos términos, lo había "dado todo", como decían allá en el pequeñísimo pueblo del lejano sur, en dicho curso. Treinta días sin parar. Una vez concluído, y aprobado por los pelos, había dispuesto de un par de semanas... Y había partido otra vez al exilio.
. Noviembre, de nuevo en ese trabajo hermoso, si bien exigente físicamente, donde la oficina era el cielo azul, las paredes bosques y montañas... Allá en la tierra de los glaciares, laburando para el Parque Nacional.

. Qué feliz había sido la temporada anterior, de tener un trabajo más "normal" -que la gastronomía o la noche-, donde tenía -le costaba creerlo- libres los fines de semana.
. No obstante, no había dejado de notar que, al volver, había alcanzado a ver muy poco a sus numerosos amigos. Se había pasado casi todo el año ocupado. O lejos.


. Mi hermosa Veri, mi planta de aloe vera, está demasiado grande ya. Esto sucede unos cuantos años atrás. Contemplad esas hojas hinchadas, abundantes, como una suave explosión de verde que se expande mucho más allá de la ahora pequeña maceta. El trasplante es doloroso, no le quiero romper ninguna raíz, ninguna hoja. No me molesta ensuciarme las manos, las uñas con tierra. No puede seguir atrapada aquí, necesita un espacio más amplio. Luego apisono la tierra bien negra, que no quede mucho aire. La riego mientras le canto una canción. Veri, cuánto creciste, desde que eras chiquita y solitaria, cuántos hijos tuviste! Tres veces ya has dado flor. Al fin concluyo la tarea. Pero a Veri le va a tomar días, semanas, uno o dos meses, estar de vuelta tan henchida y feliz como antes. En el proceso, se le marchitaron varias hojas, la pobre la pasó mal. A cualquiera le duele ser tranplantado.


. Aunque había empezado de vuelta feliz, las últimas semanas de trabajo, algo en su mente parecía estar diciéndole cada vez más, aunque sin palabras, no tengo que estar acá. Su ánimo usualmente alegre y vivaz parecía casi desaparecido. Se notaba bajando de la montaña, al regresar de cada jornada, silencioso, cabizbajo. Sus compañeros le tiraban la mejor onda, como siempre, y él apenas lograba esbozar una sonrisa, y se daba cuenta le costaba cierto esfuerzo.
. Por último, enfermó. No le pasabo muy seguido. Y cómo enfermó! Engripado y con fiebre, subió igual a laburar. Si tanto en el viejo restaurante como en la otra montaña, allá en su ciudad, había trabajado un par de veces con alguna muela dolorida, el mentón inflamado; o con insolación una noche entera, con la pera abierta a golpes de una pelea callejera en otra ocasión... No, él no le hacía asco al trabajo. Y no buscaba jamás escusas en malestares físicos para escaparle al laburo.
. Había creído que quizás el sudor de estar con pico y pala, pero justo esos días fue bajo un sol abrasador, quizás le permitiría transpirar las porquerías que aferraban como con garras su cuerpo.
. El resultado fue que, al par de días, para sorpresa de su jefe y compañeros, terminó faltando. Pasó así más de una semana tirado en el colchón de su "celda", como llamaba a la habitación que alquilaba. Le dolía mucho el abdómen de tanto toser. Los compañeros del edificio le gastaban bromas, cuando lo veían aparecer, de que ya estaban a punto de llamar a la funeraria. Pero se ofrecían, solícitos, a irle a comprar algún remedio, prepararle un té... Fueron sus compañeros los que le levantaron finalmente el ánimo. Cayeron todos juntos a verle. Al jefe ya le había comentado, el día anterior, su flamante decisión. "Me voy a casa. Vuelvo a Ciudaventura. No tengo que estar acá.", les confesó. Le emocionó un poco verlos a todos ahí, no querían que se fuera. Se sentía a gusto con ellos.
. "Como poner ladrillos durante treinta años", les explicó. "No da empezar de cero en otro lugar."
. Y sus "ladrillos", eran puras relaciones humanas, en criollo amistades, allá en su ciudad.

. Fue Rami, experimentado montañés con tantos conocimientos, el que prácticamente lo salvó, con esa tintura de "hiperiana" o algo así, que le sacó casi por completo la tos. Por fin pudo dormir bien. Y su cuerpo se recuperó. Ya su ánimo andaba mejor, sabiendo que podría volver a ese lugar en que "mis raíces llegan profundo", como les había dicho.
. Y Mati se pasó, yendo a dejarle su compu. Durante más de una semana sólo había dado vueltas en la cama, en su estado, incapaz de leer. Pero ahora se vio un par de películas, y el día siguiente se le fue volando, enviciado con un jueguito de la computadora.

. La noche anterior a tomar la decisión, había soñado que volvía, y encontraba a su familia viviendo en un monoblock, todos juntos. Y su joven hermano ahora oía esas bandas "producto" de jóvenes que escuchan todos los demás jóvenes, y tenía posters de revistas adolescentes pegados por toda la habitación.
. Despertarse fue un alivio.

. Y el día de la descisión, a la fiebre y la gripe se le habían sumado una impetuosa cagadera, y el brotarse por completo de toda su piel.
. Bueno, está claro que mi cuerpo me está diciendo algo, se dijo. Está claro que me tengo que ir.

. Además, unos días atrás, le había escrito el editor. El libro, que iba a salir en octubre pero se demoró cuando él se zambulló de lleno en el curso, se suponía que iba a salir en diciembre. Se perdía de hacer la presentación en su ciudad, con su gente, los que le conocían de siempre. Pero la presentación era lo de menos, lo que más le importaba era saber el libro finalmente en las estanterías de las librerías. Siendo leído.
. Ahora saltaban nuevos detalles a resolver, el libro no saldría en diciembre.
. Se vio a sí mismo llegando otra vez al otoño, al cabo de toda una temporada en las montañas del lejano sur. Corrigiendo otra vez lo que ya había corregido el otoño anterior? No.
. Era difícil allá en el pueblito, donde por ejemplo no andan los celulares -cosa que a menudo resulta un alivio, puff!- y sólo "en carreta" la internet, donde a veces no podía ni abrir los mails.
. Había esperado vaaarios años, sintiendo que aún no llegaba el momento.
. Pero ahora, hacía rato que lo sentía bien llegado. No podía demorarse más. No hacer las cosas apurado, sin tanto tiempo había esperado. Pero tampoco seguirse demorando eternamente. De regreso en su ciudad, podría resolver los detalles que surgieran con mucho mayor solvencia.

. Con cierto alivio físico por estar de vuelta -aunque conservaría por más de una semana un poco de tos-, pero con la angustia psicológica de las miradas acusadoras, se desplomó en la cama.
. El juicio de su madre fue, por supuesto, el esperado. La suya había sido una pésima decisión, le recalcó con mucha, mucha bronca. Mientras le hablaba sobre irse a alguna pensión y, si no se veían más, no se verían más. Ella tampoco aprobaba el look que Ion elegía, esos pelos de colores de fantasía y peinados antigravitacionales que tanto desafiaban a la "normalidad", los ojos pintados como una chica, y la ropa, en fin...
. Quizás ellos pensaban que renunciaba por vago. Nunca preguntaron qué le había pasado, si había andado muy mal, nada.
. Pero ya estaba acostumbrado.

. A duras penas tenía que agradecer que, en esa gran casona en que sobraban habitaciones, le dieran techo y comida. Y probablemente lo hacían sólo porque no quedaba remedio.


. No fue una noche grata. El insomnio, la angustia, culpas y acusaciones lo acosaban desde ambos lados de la cama, haciéndolo girar una y otra vez.
. El ánimo, como siempre, vino de parte de sus amigos. Enterados que estaba de regreso, reclamaron ansiosamente su presencia. Y allá fue, necesitaba estar lejos de su casa y esas "energías", como hubiera dicho su formidable jefe del lejano sur.

. Pasaron una tarde increíble, Fabrizio tocó la guitarra, la genial Luna tocó la guitarra, y cantó, Marinello les abrió como siempre la puerta de su casa, y les invitó masitas, budines, pan dulce. El largo flequillo de Fabrizio crecía de nuevo. Estaba dolido, hacía poco que una novia le había dejado. Ion fue a esperar a Fuxia a la parada. Ella estaba hermosa, como siempre, se fundieron en un abrazo. Vino también Nash, y Fuxia jugó a maquillarlos. Y jugaron todos a sacarse fotos con Marinello, que cada vez sabía más, y las fotos quedaban espectaculares. Pasaron una tarde genial. Cuánto les había extrañado.

. Un tanto bajoneado todavía, porque además seguía sin tener un peso, Ion Bondavid caminaba por las calles de Ciudaventura. Pero su corazoncito ya se regocijaba tímidamente, la energía de sus amigos lo había puesto en pie. Además, esa tarde le había escrito Elilí, para que se encontraran en el Bar de Lucho, legendario sitio de culto de la ciudad, a tomar unas cervezas bien frías. La verdad que no le vendrían nada mal. También quería reencontrar a Tony, su gran compañero de laburo en el Kiosko de la Noche. Vaya si habían sabido pelearla y defenderse, espalda con espalda, en las largas jornadas de laburo, o incluso por las veredas de la ciudad.

. De pronto su mirada se detuvo en el suelo, justo delante suyo.
. Casi pudo sentir el susurro de una hermosa dama, a su lado.
-- Bienvenido, querido Ion, bienvenido... Tomáte algo por mí. --murmuró, sólo para su oídos, la maravillosa Ciudaventura.
. Ion recogió el billete de cien pesos, sin dejar de caminar a grandes trancos.

.Hacía una de esas cálidas noches de verano, tan típicas de la fantástica ciudad. Anduvo un rato por las calles, se sentó en alguna vereda, afuera de los barcitos. En ese mismo lugar había besado a una desconocida, un par de veranos atrás. Pasaron amigos y conocidos, y la sonrisa se le ensanchaba gustosa al saludar a cada uno de ellos. Pasó en auto su joven hermano, el único de su familia que se había alegrado de verle regresar. Era una hermosa noche, se compró algo para tomar por las calles, feliz de estar de vuelta.
. Esa noche volvió al bar, y puso música en la rockola, se tomó unas buenas birras, y se reencontró con más amigos.

. Transcurrió una intensa semana, en la que no paró de reencontrarse con innumerables amigos que lo recibían de brazos abiertos.
. El cumple de Moye, ese tipazo al que todos quieren admiran. Cuando le vieron, al otro lado de la ventana, creyéndolo aún exiliado, salieron a darle un abrazo.
. La Posada del Dragón Verde. Su entrañable compañero de tantas aventuras y su dama lo fueron a buscar, y, viéndolo un tanto herido, lo apuntalaron y animaron.
. La Cabaña de Demián, y Lululu. Él era el que lo había impulsado a exiliarse el año anterior. Demián también se había ido, antes, a vivir un tiempo al lejano sur. Pero también había decidido regresar. "Ahora me entendés", le dijo sonriente, mientras brindaban en la pequeña Cabaña.
. Sin muchas esperanzas, Ion acudió al viejo restaurante, a ver si necesitaban a alguien más, para hacer la temporada. El verano ya empezaba.
. Al cabo de un par de días, le dijeron que sí. Sus raíces retozaban de alegría.
. Eso sí, tendría que mantener un aspecto "normal" hasta el final de la temporada.
. Luego del primer día de volver también a ese puesto de trabajo -que había sido suyo más de una docena de veranos, y media de inviernos-, tuvo una pesadilla.

. El exilio se prolongaba interminablemente. Quería regresar.
. Para colmo seguía muy enfermo. No se podía levantar de la cama, y no paraba de toser.
. Inesperadamente, Demián estaba allá. Había ido a verlo?
. Se agachaba sobre el lecho, y le apoyaba la mano en el hombro. Quizás le preguntaba si estaba bien. Ion no lograba ni enfocar su rostro.

. Despertarse fue un alivio.


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Comentarios

  1. muy bueno mat , me preguntaba por que habias regresado, ahora lo se y te entiendo ..... seguramente este es tu lugar , buen regreso !!!

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  2. Gracias Moni! hace décadas que digo que este es mi lugar... Ahora que he recorrido otros, lo sé mejor que nunca jajaj!! Risa

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  3. Muy bueno MAT!!! Me paso mas o menos lo mismo con puelo! lo cierto es que el lugar de uno es el lugar de uno y no hay con que darle! un gran abrazo y ya chocaremos copas... que sean chops!

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  4. Así ha de ser maese! Un abrazo!!

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