FÁBULA DE LA GUITARRA Y EL ALBAÑIL

. Era una pieza de madera, no era nueva, claro está, pero conservaba un agradable tono cálido, un tono que te hacía pensar en el fuego crepitando en una sala tenuemente iluminada en una noche de invierno. Una sala no demasiado grande, ni demasiado fastuosa, no, pero una sala con un hogar encendido ardiendo en ella, y con algunos sillones, tal vez gastados pero inmensamente cómodos.
. Y estaba bien afinada, sí, pudo comprobarlo con unos pocos tañidos. Después de todo, había sido de su maestro, que la había tratado bien, así que el chico se la compró. El precio no estaba nada mal, de hecho, probablemente era mejor que el de muchas guitarras criollas usadas que se vendían, en una tienda o una revista de clasificados, y cuyo estado no era tan bueno. Además, no es que su maestro la estaba poniendo a la venta, el ofrecimiento había salido así, de improviso, en medio de una de las lecciones.

. Y si, en todo caso, se trataba de una acción premedita, su maestro tenía acaso motivos fundados para hacerlo así. Últimamente ya no la estaba usando, le había dicho, y no le gustaba verla juntando polvo así como así, mientras él estaba demasiado ocupado ensayando siempre con la eléctrica, y presentándose aquí o allá con su banda.


. Trepaba alegre por el tronco, con la misma facilidad y alegría con que un ciclista se lanza cuesta abajo en silencio, gozando del viento en la cara. Correteaba de rama en rama, o bajaba al suelo y retozaba en la hojarasca, feliz.
. Otras ardillas meneaban la cabeza cuando se acercaba.
-- No tendrías que juntar más bellotas? –le decían.
-- Pasas más tiempo jugando que recolectando. –gruñía alguna de las mayores.
. Pero ella también recolectaba, quizás no tanto, y no precisamente en orden, pues a veces cantaba mientras lo hacía, o improvisaba una danza en el extremo de una rama cuando los rayos del sol de la tarde atravesaban un puñado de hojas, bañándola con una suerte de luz verde…
. Y por las noches, no se iba a descansar temprano, no señor; pues también le encantaba el bosque de noche: Se deleitaba cuando oía algún búho, o con la luz de las titilantes estrellas, y más aún cuando descubría el destello mágico, intenso, de una estrella fugaz.
. Por eso se acostaba más tarde, y de mañana solías encontrarla roncando a pata suelta.
. “Es una remolona”, murmuraban algunas, “No quiere trabajar”.
. En una de sus tardes de correrías, se alejó demasiado, entretenida con ese juego de pasar de árbol en árbol, saltando de una a otra rama: El desafío era avanzar cuán lejos pudiera, sin tocar el piso.
. Entonces lo vio. Primero tuvo miedo, es temor inexplicable que se apodera de nosotros cuando vemos algo que nunca vimos antes, algo que no entendemos. Se extendía mucho más amplio que cualquier árbol, aunque no estaba tan alto como varios, y reflejaba en un sobrenatural plateado, la luz del sol.
. Al principio parpadeó, encandilada.
. Cuando superó el momento de parálisis, se agazapó entre el follaje del árbol en que estaba, y se quedó ahí, contemplando aquello.
. Oyó unos sonidos extraños, muy extraños, nada como lo que oyese en el bosque jamás. Y tuvo miedo.
. Pero también curiosidad.


. Aníbal dejó el balde, ahora vacío, en el piso, y se limpió toscamente los restos de cemento fresco con un trapo bien sucio. Aceptó el mate que le tendía José, y lo sorbió sin apuros.
-- Che… Viste que van a sumarse algunos muchachos? –le comentó éste como al pasar.
. Aníbal asintió. Parecía distraído, el sol de la mañana reverberaba sobre las olas del lago, multiplicándose en cada pequeña cresta.
. Su mirada podía estar concentrada la belleza de ese diáfano día de primavera, pero su oído estaba atento: Con José, nada era “como al pasar”.
-- Sep… Unos pibes, seguro. Parece que el patrón no está nada contento con el ritmo. Lo anduvo apurando al arquitecto, y…
. Ahora los ojos de Aníbal se volvieron a los de José. Y luego ambos dirigieron una mirada distraída a Carlos, que estaba dándole unas indicaciones al tipo del camión volcador.
. Aníbal asintió lentamente, mientras devolvía el mate.
. Carlos, el capataz.


. El padre llegó como siempre, cansado, mascullando alguna de las estúpidas cagadas a pedos del jefe mientras saludaba a su mujer, y se sentó en el sillón frente al televisor.
. El chico oyó los ecos de una incipiente discusión. Dejó la guitarra a un lado, sobre la cama, y bajó al suelo. Después de subir el volumen de la radio volvió a sentarse.
. Pero no agarró la guitarra y, en lugar de eso, tragó saliva. En la silla junto al pequeño escritorio, las carpetas del colegio descansaban, cerradas.
. “Otra vez malas notas?”, oyó a su padre levantar la voz, “Eso es porque se pasa todo el día con esa guitarra de mierda, en vez de estudiar!”

. Al cabo de un rato, su madre entreabrió la puerta de la habitación.
-- Venís? Ya está la cena.

. Ella se entristeció. Le gustaba cuando los dedos del chico la rasgaban, le gustaba que los sentimientos de él se hicieran notas en ella, el tacto de sus yemas, el sonido de su voz…


. Esa noche, en lugar de alejarse a alguna de las correrías, se acercó a las demás. A veces contaban historias antes de irse todas a dormir, y a ella le gustaba oír una buena historia, quizá tanto como vivir sus propias alocadas aventuras.
-- Qué es eso que se ve más allá del Ciprés Trunco, yendo hacia el este? –preguntó, inquieta, dirigiéndose a una ardilla mayor.
. Más de una se volvió hacia ella con estupor.
-- Ahí están los Tocones Muertos. Si avanzás por el suelo, más allá del Ciprés Trunco, lo encontrarás cubierto… por aserrín. El polvo de los árboles que estaban y ya no están.
. Ella asintió, atemorizada por el tono lúgubre que había adoptado la otra.
-- Pero… --se atrevió a insistir, consciente de las miradas severas y reprobatorias de las otras—Hay… hay todo un espacio vacío, más allá, donde el suelo no es verde, y… Y por encima hay una, un…
-- No vayas! –le advirtió ahora alzando la voz, la mayor—Ese suelo no es de tierra, si no de muchas pequeñas piedrecillas… Por ahí andan los Hombres.
. Se produjo un silencio cortante. Ella se sintió aplastada por las miradas de las demás.
-- Eso que viste es un Tejado. Es la parte superior de las Casas de los Hombres. Adentro, debajo del tejado, es donde viven.
-- No te acerques a ellos! –advirtió otra, espantada.


-- No te apures tanto, Marcelo. –le dijo Aníbal— Si no lo apisonás bien cada tanto, se pueden hacer grumos de aire y…
-- Se hacen. –puntualizó José desde más allá, tendiéndole el mate a Rodrigo—Tomá, pibe.
-- Está bien. –asintió Marcelo, depositando el balde vacío en la tarima, jadeante.
. Rodrigo dejó la pala contra la pared, junto al balde que estaba llenando, y aceptó el mate sin decir nada.
. Marcelo se rascó una oreja que no le picaba, impaciente.
-- Ya casi terminamos, eh? –comentó.
. José enarcó una ceja.
-- Emm, bueno, lo del encarenado, sí. Pero todavía tenemos para raaato… --dijo Aníbal.
. Rodrigo le devolvió el mate a José, levantó el balde lleno y lo dejó sobre la tarima. Mientras Marcelo lo agarraba, tomó el balde vacío y lo dejó junto al montículo de cemento fresco que el camión acababa de volcar.
-- Ustedes qué empezaron, el lunes no? –preguntó José, con aire distraído, lo que sabía perfectamente.
. Aníbal disimuló una sonrisa y continuó con lo suyo.
. Rodrigo juntaba paladas de cemento y llenaba el balde.
-- Sí, el lunes. –respondió Marcelo, mientras levantaba el balde y se disponía a vaciarlo nuevamente dentro de la columna.
-- No, eh! –lo detuvo Aníbal—Apisonálo antes! –le recordó.
. Marcelo asintió, y volvió a apoyar el balde, aplicándose al apisonado.
-- Bueno, con Aníbal y los muchachos acá, venimos trabajando hace dos meses ya. –continuó José mientras cebaba el mate. Su mirada recorrió con aire satisfecho el piso y las paredes—Y pusimos tooodos esos ladrillos… Te fijaste en el piso sobre el que estás parado? Está bien nivelado eh? –comenzó a decir, mientras le pasaba el mate a Aníbal.
-- Dos meses? –replicó Marcelo, abriendo grandes los ojos-- Pero el patrón quiere terminar esta parte para el 20 y…
. El rostro de José había enrojecido un poco. Aníbal trató de distraerlo –en vano, lo sabía de antemano—devolviéndole el mate.
-- Mirá, pibe. –dijo José, de pronto muy serio, y con un tono totalmente diferente de voz— Lo que el patrón quiere está muy bien, pero para cuándo lo quiere, hay que ver lo que se puede. Lo que el patrón NO quiere, es que la casa se le caiga encima después, o que quede mal terminada, ¿Sabés?
. Durante un momento, los ojos de cejas pobladas, en la cara curtida de José, contemplaron impasibles a un enmudecido Marcelo, que se había quedado muy quieto, con el balde en la mano. Luego el viejo obrero volvió a su quehacer.
. Rodrigo dejó en silencio el nuevo balde lleno sobre la tarima, y se secó el sudor de la frente.


. Ese año era el último, y la pregunta más repetida que le hacían era:
-- Qué bien, che, y qué vas a estudiar?
. Ya el año anterior se la habían hecho, y él se había sorprendido. La verdad es que no le llamaba la atención ninguna carrera. Por el contrario, el veía el fin del colegio como la libertad. Tan sólo quería seguir juntándose con sus amigos como siempre, ir a los recitales, y últimamente lo que más le emocionaba era eso de armar una banda.
. Había surgido sin querer, casi sin pensarlo, todo había comenzado con Fabrizio. El pibe estaba teniendo serios líos con los vecinos, no le había quedado más remedio que restringirse en sus horarios de práctica, le venía dando con todo a su bata nueva. Se habían juntado un par de veces, y estaban tratando de sacar un par de canciones. Había algunas que él ya tenía bastante repasadas, con su guitarra, y Fabrizio se había copado en hacerlas. Se estaban preguntando cómo sonaría si conseguían a algún bajista, y…
-- Ehm, bueno… Abrieron unas carreras nuevas en la ciudad, y capaz que periodismo…
-- Con que periodismo eh? Pero muy bien!


. “Las ardillas no vamos allá”
. Mientras se alejaba hacia los lindes del bosque, al atardecer, la frase le retumbaba en la cabeza. Corrió hasta el extremo de una rama, y de un salto se propulsó hasta caer un poco más abajo. Avanzó hasta el tronco y se detuvo un momento. Allá adelante estaba el Ciprés Trunco.
. Era uno de esos viejos árboles que se llegan a dividir en dos grandes troncos, pero uno se lo habían cortado. Entero.
. Se produjo un movimiento en una de las ramas que le quedaban, un aletear que se detuvo.
. Ella avanzó decidida por una rama que apuntaba hacia allá.
-- Ey, Zorzal! –llamó.
. El Zorzal se volvió de súbito, aterrorizado.
. Luego suspiró aliviado:
-- Uff. Pensé que eras un Gato.
-- Un qué? –replicó la ardilla, antes de saltar.
-- No importa. Qué quieres?
. La Ardilla cayó con precisión sobre una de las ramas del Ciprés Trunco. Trotó ágilmente por la rama y se detuvo no tan lejos de aquélla en que estaba posado el Zorzal.
-- Has ido allá?
-- Allá? Claro! Hay frutos ricos y jugosos en abundancia…— contestó el ave.
-- Pero… Pero, y los Hombres?
-- Bueno, verás… Hay que andarse con mucho cuidado, sí, si te metes en su territorio. No hay que acercarse mucho a ellos, no. Además, los hombres crían sus propios animales, como perros y… brrr, ¡Gatos!
. La Ardilla se quedó pensativa un rato.
-- Y tú vas allá a menudo? Es verdad que, si los Hombres te encuentran, te matan?
-- Los Hombres? Bueno, al decir verdad… No muchos de ellos, no señor, la mayoría no nos prestan mucha atención. Pero los gatos son otro cantar! –agregó el Zorzal, dolido.
-- Entonces, matan a los zorzales? –persistió la Ardilla, apenada.
-- Si nos atrapan, sí… --se lamentó el Zorzal—Pero es que esos frutos, ay!, son tan deliciosos
. La Ardilla permaneció pensativa.
. “Las ardillas no vamos allá”, reverberaba un eco en su cabeza.
-- He de irme ahora. Tengo hambre. Y hay tantos frutos! Adiós! –se despidió el Zorzal, levantando vuelo.
-- Adiós! –lo saludó la Ardilla, contemplándolo alejarse hasta que se perdió, más allá de unos árboles muy verdes, cargados con generosos racimos de pequeñas frutas rojas.

. “Las ardillas no vamos allá.”
. Porqué? Porqué no podía, aunque sea explorar un poco… Quizás había cosas nuevas por aprender, allá.
. Esperó hasta esa hora de la noche en que las criaturas del día se duermen, y las otras despiertan. Estaba decidida.
. Había abandonado el Ciprés Trunco, parecía muy peligroso bajar al suelo allí. En cambio, siguió una línea de árboles hasta estar casi sobre el Tejado.
. Allí juntó fuerzas y coraje, y dio un último gran salto.
. El Tejado resultó ser resbaladizo, no se comparaba en nada con las agradables cortezas de los árboles. No obstante, en el extremo inferior del mismo, encontró una canaleta que era fácil seguir.
. Así se aproximó a las ventanas, y, en aquellas que estaban iluminadas, halló una satisfacción secreta en observar a sus ocupantes, los Hombres, sin ser vista.


-- Bueno, muchachos, vamos a meterle pata eh? –terminó de decir Carlos. José le extendió el mate, que el otro aceptó gustoso.
-- Sí, señor! –respondió Marcelo, y se apresuró apoyar una de las membranas protectoras en la pared exterior.
-- Hum. Cuidado, se te formaron un par de arrugas, acá y acá. –le señaló Aníbal, colocando otra a su lado sin prisas. Rodrigo se acercaba, desde arriba, caminando por la parte superior de la pared, con el soplete en mano.
-- Repasálas bien Rodrigo. –le dijo José, recuperando el mate de manos del capataz.
. Él y Aníbal continuaron trabajando al mismo ritmo que habían mantenido toda la tarde, todo el día, la semana, el mes…
. De hecho, según pudo apreciar Rodrigo, Carlos, a pesar de lo dicho, tampoco actuaba diferente.


. Siempre era lo mismo. Cuando tocaba, con todos los nervios y el miedo de que le saliera mal, ansioso por ver si les gustaba, alguna canción conocida que lograba sacar, todos aplaudían un poco, o le daban unas palmaditas en la espalda, y nada.
-- Che, así que ya estás terminando el colegio eh? Y qué vas a estudiar?


. Ahora, a sus correrías nocturnas, se habían sumado los Tejados. En las ventanas de los hombres, veía cosas asombrosas, algunas parecían maravillosas, otras terroríficas. Eso sí, no planeaba bajar al suelo ni por asomo, pues allí andaban los perros. Y en cuanto a los gatos, uno de ellos la había perseguido una vez, pero por suerte estaba cerca del bosque, y entre sus ramas no tenía rival.
. Le gustaba en particular una ventana, que permanecía iluminada más tiempo que las otras, y desde la que oía a menudo música, y alguna que otra canción.


-- Los Emo son todos unos putos de mierda! –se burló uno. Algunos de los otros celebraron la ocurrencia a carcajadas, pero él, mientras el otro decía eso, lo miró un momento, ligeramente pensativo, pero no dijo nada.
. En todo caso, no dijo nada en ese momento. Pero durante esa semana, y la que siguió, oyó comentarios similares, en el bondi o en la calle, alguna noche en un boliche, y en el bar, a veces incluso entre sus propios amigos, y eso le dolió.
. Cuánto más lo pensaba, más se preguntaba, qué se suponía que habían hecho de malo los Emo, o los homosexuales, o cualesquiera otras supuestas “tribus urbanas” que, al fin y al cabo, no iban por ahí atacando a nadie si no tan sólo siendo ellos mismos. En cambio, le parecía, había muchas otras personas en el mundo, que sí hacían cosas auténticamente condenables.
. Había algo que no le convencía para nada, en esa necesidad que parecían tener tantos, de ponerle a todo una etiqueta…
. Así que compuso una canción.


. Esa noche, la melodía que llegaba desde la ventana era nueva y encantadora, pensó la Ardilla. Aunque no lograba entender el lenguaje de los Hombres, había algo cautivador en la emoción de esa voz que sonaba quizás melancólica, pero quizás inteligente… o ambas.


. “La balada de las ovejas y el Pastor”

. Había una vez un pastor con su rebaño,
. “No anden solas o se pueden hacer daño”
. Y si al marchar alguna se retrasaba
. Luego de ella el rebaño se burlaba

. Así avanzaban las ovejas y el pastor
. Y si había alguna de distinto color
. Las demás acusadoras la señalaban
. Y así sus propias vergüenzas ocultaban

. Así que ellas muy bien lo obedecían
. Hasta que vieron pasar un buen día
. A lo lejos, un lobo solitario
. que cantó, con buen vocabulario:

. “Todas juntas marchan las ovejas
. al corral, donde el Pastor las deja
. `Todo bien, quedáte tranquila´,
. dice mientras la lana te trasquila.”



. Pero la Ardilla se había vuelto muy descuidada, o bien, o también, la voz y la melodía la tenían algo hechizada. En todo caso, nunca oyó al Gato.
. Éste la atacó de improviso, pegando un salto espectacular y hundiéndole las zarpas en un costado.
. Pero la cosa salió mal, o aún peor, porque la pobre Ardilla estaba encaramada en el borde de la canaleta: Nunca alcanzó a sujetarse.
. Y cayó.


. A pesar de todo, sitiado como estaba desde cada ángulo de la sociedad, el chico, tras terminar el colegio, no atinó a hacer otra cosa que meterse en la universidad.
. No estaba muy convencido de la carrera, siempre había algunas materias que le interesaban, o en las que destacaba, pero no lograba vislumbrarse a sí mismo ejerciendo en años posteriores ese tipo de trabajo, por más que todos a su alrededor parecían convencidos --¿o convencedores?—de que así sería y le iría muy bien.
. Lo que nunca dejó fue, por supuesto, la guitarra.
. Las juntadas cambiaron, ahora Fabrizio había perdido el interés en la batería, aunque su nueva amiga Lucía, le ponía toda la onda al bajo. Más adelante, se les unió en la batería un flaco que había venido de afuera, a laburar, pero que al cabo de dos meses se borró. Después Lucía se puso de novia, y ya no se juntaban tan seguido como antes, pero al menos todavía se juntaban. Y ahora el primo de un amigo, que tenía hace un par de años su propia bata, parecía que se les quería sumar.


. Sintió el crujido de sus propios huesos astillándose contra el suelo, el dolor la atenazó, impidiéndole moverse. No podía creer que seguía viva.
. Entonces vio al Perro.


. Nunca logró pasar más allá del primer año.
. Su abandono de la universidad provocó menuda crisis en casa. Todos lo trataban como un fracasado, su propia familia lo veía así.
. Pero a él no le importaba, o tal vez sí, y no poco, pero seguía en el camino que él mismo había elegido para sí.
. Por suerte, todavía conservaba a sus amigos.
. Y la guitarra.

. Por aquellos tiempos, perfeccionó mucho su “Balada de las ovejas y el Pastor”, le hico varios arreglos, y Lucía se mantenía firme: Había cortado con su novio así que estaba con todas las pilas y ella misma compuso otra canción, inspirada directamente en su noviazgo y posterior ruptura. Eric, el primo de su amigo, seguía con ellos, y con las dos canciones propias y un par de covers que les salían muy bien consiguieron presentarse en algunos recitales juveniles.

. La Guitarra era feliz. Sentía que él era feliz cuando la tocaba, y muchos de los que venían al recital también, y sabía, porque era una Guitarra bastante inteligente, que la música hacía bien, y que la que él hacía con ella no era una excepción.

-- Que traés ahí, flaco? –le preguntó el chofer del colectivo, al ver el bulto mal contenido entre sus brazos.
-- E-es una ardilla. –vaciló él, pero cobró valor y se jugó—Por favor, sólo son unos kilómetros y me bajo, no voy a dejar que se me escape ni que ensucie nada…
. El chofer lo contempló un momento, frunciendo el ceño.
-- Tabién. Pero escondéla mejor, que si la ven los demás pasajeros me pueden armar quilombo.
. Tomó asiento en la hilera individual, ocultando bien al pequeño animalito. Tanteó suavemente la pata que le había entablillado. Por fortuna seguía firme. Le acarició el pelaje, tratando de calmarla.
. “Bueno, pequeña amiga, tranquila. Si no llego a tiempo, no contás el cuento eh? Cuando estés curada, te voy a dejar en el bosque de al lado de casa, seguro que venís de ahí. Pero no te puedo dejar allá sola cuando me voy a los ensayos, si te pescan estoy frito, sabés?”

-- Chicos, tengo una idea para una canción. –anunció Rodrigo, mientras tomaban posiciones con sus instrumentos. El galpón de Lucía era una sala de ensayos perfecta, siempre y cuando lo usaran durante horarios laborales de sus padres.
-- Qué te parece? –celebró ella, palmeándole el hombro con fuerza.
-- Bueena, a pesar del laburo en la obra estás teniendo tiempo para eso? –se sorprendió Eric.
-- Bueno, sí… En realidad, es justamente laburando ahí que me inspiré. –les siguió contando, mientras dejaba a la Ardilla en el piso, para que correteara libremente por el interior—Conocí unos tipos re interesantes. Si las personas fuéramos libros, ¿saben?, creo que éstos serían unos bien gordos, de páginas amarillentas, con muchos capítulos…


. Había pasado un tiempo ya. La pata no había quedado perfecta, no. Al decir verdad, funcionaba bien, sólo que, hum, estéticamente, digamos, había quedado un poco torcida. Pero en poco tiempo, ella había recobrado toda su agilidad y vitalidad para corretear entre las hojas y saltar de rama en rama.
. Ya no salía tan seguido del bosque. Oh, por supuesto que seguía con sus excursiones nocturnas, y demás disparates.
. “No es una ardilla común”, decían, o “Está chalada de la cabeza”
. Pero a ella hasta le divertía eso.
. Cada tanto, eso sí, regresaba al Tejado.
. A pesar de todo.
. Él la recibía siempre allí, le abría la ventana y la dejaba entrar, y le daba cosas ricas de comer, mientras hacía su música.


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Comentarios

  1. SniFF me gusta más como título "Fábula de una Guitarra y SU Albañil"... pero adelanta el final buu

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  2. me gusto Risa

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