A Través de las Sombras

. Contra la luz cálida, iridiscente, del cielo crepuscular, se recoraba ante las puertas de la ciudad una silueta singular.
. Estuvo ahí de pie durante unos momentos. Suspiró largamente, mientras su mirada seguía el vuelo de una golondrina. El cansancio no se debía al viaje que le había traído hasta aquí: Le había dejado en ese estado el agotador esfuerzo mediante el cual había logrado escapar de Labirinthea, la espiralada, la de calles concéntricas y paredes entrelazadas...
. El trecho recorrido, desde aquélla hasta aquí, los caminos, los kilómetros, los senderos, el bosque, el desierto, sin caminos, las noches a la interperie... Todo eso, después de la demencial, confusa, intrincada Labirinthea, había constituído un reparador descanso.

. Avanzó ahora hacia el interior de Smeraldina, frente a la persistente curiosidad de los guardias. No obstante, no le hicieron demasiadas preguntas: Viajaba a pie, traía poco equipaje, y ningún arma. En cuanto a sus estrafalarios cabellos verdes, como la ceja izquierda, que parecían crecer hacia el cielo, el peculiar mechón fucsia, la considerable franja violeta, como la ceja derecha, los asombrosos ojos opalescentes, delineados en negro, y las uñas de la diestra pintadas de distintos colores y con símbolos extraños, no dijeron nada.
. Claro que, mientras cruzaba el puente, era plenamente consciente, no de sus palabras exactas, si no del tipo de contenido de las frases que estarían intercambiando, mientras le contemplaban alejarse. Chasqueó las metálicas cucharas de diversas formas y tamaños en que, en lugar de dedos, terminaba su mano izquierda, produciendo una serie de musicales tintineos. Su mirada se demoró perezosa en las ondas que, en la superficie de las aguas, había causado algún oscuro pez.
. "Son para tocar música?", había preguntado uno de ellos.
. En respuesta, se había limitado a sonreír, y decir, tan sólo una palabra: "Mentes"
. Desconfió de los barqueros, o no tenía dinero, en todo caso, bordeó el canal principal hasta que la "calle", si así podía ser llamada, concluyó en otras opciones, que incluían una escalera. Subió despacio, mirando disimuladamente en derredor. Excepto las acostumbradas miradas extrañadas, o suspicaces, nadie le seguía.
. Cruzó cautelosamente un puente convexo, no demasiado ancho, y sin ningún tipo de barandas. Allá abajo, se cruzaban algunas barcas. Desde alguna de ella le llegaron, tocados en una extraña flauta, los ecos de una misteriosa melodía.
. El aire estaba quieto. El cielo comenzaba a oscurecer. En muda competencia se iban encendiendo estrellas del cielo y luces de la ciudad.
. Siguió una calle lateral, suspendida en lo alto, y poco transitada. Atravesando un pasaje oscuro, un gato negro soltó un estridente maullido al pisarle sin querer la cola. La pequeña criatura escapó veloz. La criatura mediana retrocedió hasta la pared, si cabe, más asustada que la otra.
. Pero nada más aconteció.
. Dobló una esquina de ángulo imposible, muy por encima del lento chapotear de unos remos cansados. El peligro de una caída acechaba constantemente. De súbito chocó contra un hombre.
. En realidad, fue el hombre quien le atropelló brutalmente, yéndose ambos al piso de piedra. A la luz de un ventanal cercano, abierto, en un balcón desde el que los contemplaba silenciosa una mujer poco vestida, pudo verlo mejor.
. Negros y largos cabellos desordenados le caían a los lados, de un pañuelo rojinegro con una calavera blanca por emblema. Tras incorporarse, se atusó la barba desgreñada, mientras murmuraba algo que sonó a toscas disculpas.
. Recogió un extraño aparato que guardó de inmediato en un bolsillo del chaleco, y se perdió en la oscuridad.
. En el balcón, el ventanal se había cerrado, y la luz se había apagado.
. Al cabo de unos momentos, continuó su improvisado camino. Abandonó ese pasaje merced una escalera en espiral, que lo llevó de nuevo cerca del nivel de las aguas. Había faroles y, más inquietante, personas. Pero la escalera continuaba aún más profundo, así que descendió hasta el hermético subsuelo.
. Entonces encendió la pequeña linterna tenue. Un fulgor verde claro fluorescente se extendió a su alrededor.
. Se encontraba ahora en el estrecho borde de una alcantarilla. Algunas formas oscuras, no tan pequeñas como hubiera deseado, se asomaban de las aguas, o se deslizaban por el borde opuesto. De hecho, creyó percibir que algunas que habían venido por el suyo se sumergían sin prisas.
. Caminó despacio, siempre en silencio. Anhelaba el tiempo en que el hedor de esas aguas fuese tan sólo un difuso recuerdo.
. Pasó junto a un nicho donde unos caños de fierro oxidado formaban una hilera de peldaños que ascendían verticales al exterior. Luego llegó a una curva, donde oyó voces.
. Se paró en seco.
-- No sumerjas el barril en esas aguas, bellaco! --gruñó alguien que, recordando las palabras de un amigo, tenía "la voz con arrugas".
-- Chssst! Habla más bajo, desgraciado, ¿O quieres que nos descubran? --susurró imperiosa una segunda voz.
. La voz arrugada soltó una risa apagada.
-- Y quién diantre bajaría aquí, salvo las inmundas ratas? --replicó en voz más baja, habiendo no obstante obedecido.
-- Además, --continuó la otra voz, haciendo caso omiso- no lo estoy sumergiendo: Sólo lo dejo flotar, sin soltarlo, lo cual es más fácil que cargarlo.
-- Pues si una rata se sube y te muerde, no pienso ayudarte: ¡Que la peste te lleve!

. Apagó su linterna. Muy, muy despacio, avanzó con suma cautela los pocos pasos que le permitieron terminar de describir la curva.
. Contuvo un suspiro de alivio: Los dos hombres, cargando al hombro un barril uno, empujando otro barril, inclinado sobre las pestilentes aguas el otro, estaban en el borde opuesto. En la mano libre, el de la voz con arrugas sujetaba una antorcha.
. Los contempló acercarse, tratando con éxito de acompasar su respiración al silencio. Retrocedió hasta el nicho, donde se mantuvo inmóvil contra los escalones del fondo. Justo cuando los hombres pasaban por enfrente, algo abultado se arrastró entre sus pies. Pidió mentalmente el favor de no sabía qué voluntad, para que apartara esa cosa de sí, mientras el sudor goteaba abundante por su frente, y un doloroso nudo atenazaba su garganta.
. Pero ya los hombres se alejaban, y, por fortuna, la pequeña forma también.
. Esperó un poco más, recuperando la calma, y luego regresó hacia la curva. Ni bien la dejó atrás reencendió su luz.


. Salió de Smeraldina al amanecer, con un andar agotado. Buscó un rincón confortable en el prado, y se sentó a desayunar parte de una horma de queso recién hurtado. Cuando terminó, se recostó lentamente. Allá arriba, en el límpido cielo de la mañana, volaba una golondrina.
. Mientras se sumergía en el mundo de los sueños, se sucedieron en su mente las fantásticas imágenes que se le antojaban de la próxima ciudad, que era, al fin y al cabo, su destino: La fabulosa Ciudaventura, de las montañas y los lagos, de los bosques y tabernas, aquella ciudad de mil historias por entre cuyas calles mil veces cantadas se cruzan sabios inventores con jóvenes ebrios, montañeses y citadinos, y por donde circula impertérrita --y a veces escandalosa-- la mismísima aventura.




(inspirado en una de "Las Ciudades Invisibles", de Ítalo Calvino, pequeño fruto de un taller literario digestivo celebrado el día de la fecha con Rod y Sab ^^)


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Comentarios

  1. Me encanta todo Calvino, genial! Calvino transmite de una manera directa y sencilla. Creo que tú también lo logras de una forma muy natural. Como consejo (me lo han dado a mí también, profesores de literatura) te diría que no abuses de los adverbios acabados en -mente: empobrecen mucho los textos. Intenta siempre utilizar la mitad de los que has utilizado. Además el hecho de buscar alternativas a estos adverbios, hacen que nuestra mente busque otras formas más justas a lo que queremos transmitir.
    La forma de inserir los diálogos en tus textos me parece muy buena. No rompe el ritmo del texto y sigue "sonando" muy natural.

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  2. Muchas gracias por el consejo! Lo tomo!!

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