La Bienvenida

. Descendió del bus de larga distancia con expresión abatida, y recuperó su equipaje. Se colocó la más grande de la mochila, la que allá había usado para portear en la montaña, en la espalda. Pero se colgó también la otra, que no era pequeña, de uno de los hombros. Además se pasó la cinta del bolso, lleno de ropa. Cargó en sus manos la caja con el teclado de música, y algunos libros que no habían entrado en otra parte, y, como un caracol, anduvo hasta la parada de taxis. Como esperaba, nadie le había podido ir a buscar. Ion Bondavid estaba de vuelta en la ciudad.
. El chofer le ayudó a cargar el abundante equipaje, y una vez en el asiento, le preguntó cuánto estimaba que saldría el viaje hasta su barrio. Mientras el chofer tiraba una estimación, él rebuscaba en todos sus bolsillos, el pantalón, la camisa, y parecía que le alcanzaba. Qué irónico pensó, tener un sueldo entero en el banco, pero no poder retirar ni un peso. Pero era sólo la tarjeta, que estaba gastada.
. El auto lo dejó en la puerta de su casa. Eran las siete de la mañana. Aunque sintió cierto alivio al ver su hogar, las plantas, la vieja tranquera, la casa, en realidad se sentía como si unas miradas acusadoras estuviesen a punto de descubrirle. Es que la casa, era la casa de su madre, no la suya. Pero Ion Bondavid era el tipo de persona que jamás "crece" ante los ojos de la sociedad, "síndrome de Peter Pan", decían las psicólogas solteronas que bien por dentro detestaban que una persona pudiera ser tan libre de por vida, o que a medida que el nuevo siglo se desarrollaba, tantos hombres se negaran a cobijarlas bajo sus alas. De por vida.

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